
Hoy, le he pedido a una buena amiga mía que me acompañase a pasar el día a un lugar al que solía ir cada año cuando era un niño por semana santa (con la familia), así podría disfrutar de la agradable compañía de una gran amistad y de paso coger mi cámara de fotos después de cuatro o cinco meses y tomar unas cuantas instantaneas para poner en práctica todo lo que he aprendido en la FCT.
Aquel sitio es Venta Lanuza, una zona de El Campello bastante alejada del corazón de la ciudad, muy tranquila, silenciosa y poco transitada en la que se podía disfrutar (antiguamente) de campo y de playa.
Ya me habían avisado con antelación varias personas de que aquello ya no era lo mismo, que las zonas de campo en las que solíamos acampar habían sido construidas. Pero aun sabiendo esto, tenía decidido ir simplemente por el placer de recordar.
Cuando por fin llegamos me costó reconocer que todo aquello era el mismo paraje, era más horrible de lo que me había imaginado, chalets, casas y edificios se alzaban hacia el cielo. No quedaba nada de aquel lugar en el que jugaba cuando era un enano con mi hermano y mis primas, salvo un trozo de terreno con un pino al que nos encantaba subir y la playa.
La playa, de no haber sido por ella no podría haber reconocido la escena, es el único lugar que seguía intacto, salvo por las zonas de cañas que la hacían tan especial y ahora estaban ligeramente más secas y mustias.
Preferí agachar la cabeza ante el caos que se alzaba ante mí y pasar el día tomando fotos en la playa. Después de todo, ¿qué más podía hacer?
Los lugares cambian, por lo general se destruyen (o los destruimos nosotros mismos para ser exactos), pero por suerte, siempre nos quedarán los recuerdos, lo único verdaderamente improfanable.
Si tenéis la oportunidad de visitar lugares que os devuelven a vuestra infancia, hacedlo antes de que sean demolidos para siempre, con un poco de suerte todavía quede algo que os devuelva una sonrisa como me pasó a mí al volver a ver aquella playa.