miércoles, 9 de febrero de 2011

Visita al pasado.


Hoy, le he pedido a una buena amiga mía que me acompañase a pasar el día a un lugar al que solía ir cada año cuando era un niño por semana santa (con la familia), así podría disfrutar de la agradable compañía de una gran amistad y de paso coger mi cámara de fotos después de cuatro o cinco meses y tomar unas cuantas instantaneas para poner en práctica todo lo que he aprendido en la FCT.
Aquel sitio es Venta Lanuza, una zona de El Campello bastante alejada del corazón de la ciudad, muy tranquila, silenciosa y poco transitada en la que se podía disfrutar (antiguamente) de campo y de playa.
Ya me habían avisado con antelación varias personas de que aquello ya no era lo mismo, que las zonas de campo en las que solíamos acampar habían sido construidas. Pero aun sabiendo esto, tenía decidido ir simplemente por el placer de recordar.
Cuando por fin llegamos me costó reconocer que todo aquello era el mismo paraje, era más horrible de lo que me había imaginado, chalets, casas y edificios se alzaban hacia el cielo. No quedaba nada de aquel lugar en el que jugaba cuando era un enano con mi hermano y mis primas, salvo un trozo de terreno con un pino al que nos encantaba subir y la playa.
La playa, de no haber sido por ella no podría haber reconocido la escena, es el único lugar que seguía intacto, salvo por las zonas de cañas que la hacían tan especial y ahora estaban ligeramente más secas y mustias.
Preferí agachar la cabeza ante el caos que se alzaba ante mí y pasar el día tomando fotos en la playa. Después de todo, ¿qué más podía hacer?
Los lugares cambian, por lo general se destruyen (o los destruimos nosotros mismos para ser exactos), pero por suerte, siempre nos quedarán los recuerdos, lo único verdaderamente improfanable.

Si tenéis la oportunidad de visitar lugares que os devuelven a vuestra infancia, hacedlo antes de que sean demolidos para siempre, con un poco de suerte todavía quede algo que os devuelva una sonrisa como me pasó a mí al volver a ver aquella playa.

martes, 18 de enero de 2011

El Gabinete del Dr. Caligari

Este fin de semana he tenido tiempo de revisar mi lista de cosas por hacer, entre ellas se encontraba una remarcada en subrayador fluorescente que decía; “Ver de una puta vez “El Gabinete del Dr. Caligari””. Pues bien, al encontrar ésta destacada, y, a pesar de tener en esta lista cosas de mayor importancia por hacer, opté por verla.
Se trata de una película alemana de cine mudo dirigida por Robert Wiene. Según he leído por la red, es considerado el primer film expresionista y, atención, la primera película de terror.



¿Por qué he decidido inagurar este blog precisamente con esta entrada?, muy sencillo; es una obra de arte que ha logrado tocar mi lado más difícil de sorprender. Esos decorados desiguales (propios del expresionismo), esos maquillajes con sutiles toques cadavéricos, los ropajes propios de la época, la banda sonora que tanto extremece desde el principio hasta el final, el encanto del cine mudo... pero sobre todo, la trama, ese argumento que te engancha desde el principio y no te suelta hasta el “FIN”, y el cambio radical y 100% sorprendente que sufre la historia en un momento dado.

Este tesoro ya ha pasado a entrar en el ranking de mis películas preferidas. Sólo queda deciros a los lectores (que por el momento seréis pocos o ninguno), que si sois amantes del cine de terror más clásico como yo, esta es una de las primeras películas que debéis ver y que merece ser vista, es una verdadera joya que, a mí personalmente, me ha cautivado.

¡Un saludo!